TEMA #6: IDEOLOGIAS Y REFORMAS SOCIALES EN AMÉRICA LATINA
SIGLO XX
Economía, política y reformas sociales
Existe una estrecha relación entre el desarrollo económico,
las decisiones políticas y las reformas sociales. Estas últimas son
consideradas como una forma de enfrentar los desajustes producidos por el
desarrollo económico. En otras palabras, las reformas sociales buscan disminuir
el impacto generado por el crecimiento económico. No obstante, las
determinaciones para su aplicación obedecen exclusivamente a la esfera de la
política, entendida como el escenario de confrontación y negociación de las
contradicciones sociales.
A lo largo del siglo XX América Latina se vio enfrentada a
la necesidad de articular sus estructuras económicas a la economía
internacional. Durante este proceso surgieron contradicciones y conflictos de
carácter social, pues el crecimiento económico se priorizó sobre el bienestar
de la población.

¿Qué son las reformas sociales?
Definir qué es una reforma social es algo complejo, pues
esta se encuentra estrechamente relacionada con concepciones de carácter
ideológico, político y económico. Para cada actor social, la naturaleza de una
reforma de carácter social puede variar sustancialmente.
Acercándonos a una definición lo más amplia posible,
podríamos señalar que las reformas sociales son medidas de carácter político
que apuntan a mejorar la eficacia, la calidad y la igualdad en el acceso a
servicios y bienes considerados fundamentales para la sociedad, como la salud,
la educación, el acceso a la tierra, el acceso a la propiedad y a la calidad
del trabajo.
Por su parte, las reformas económicas son medidas de
carácter teórico o instrumental, que buscan regularizar el funcionamiento de la
economía, independiente de los efectos que estas medidas puedan tener en la
sociedad. Como la palabra lo expresa, estas medidas son tomadas estrictamente en
términos económicos y, al igual que las reformas sociales, este tipo de
reformas depende en buena medida de elementos de carácter ideológico y político
que determinan sus propósitos y sus alcances.
Tipos de reformas
Existen diversos tipos de reformas, dependiendo de su
calidad, profundidad y duración. Hablaríamos en principio de tres tipos,
dependiendo de su manifestación en el tiempo:
Las reformas estructurales. Son reformas que afectan las
partes más profundas de la sociedad, y que implican cambios fundamentales en
los modelos económicos y productivos, como también en las formas de entender a
la sociedad y su desarrollo.
Las reformas graduales. Se producen en largos lapsos de
tiempo, buscando disminuir los efectos del impacto de su aplicación. Se relacionan
con decisiones políticas de largo plazo y que afectan a la estructura
económica.
Las reformas de choque. Son medidas implantadas para hacer
frente a crisis inesperadas o momentáneas que urgen una solución inmediata.
Generalmente estas medidas son de carácter temporal y de corta duración.
El sentido de las reformas
Los impactos de las reformas, positivos o negativos, son
relativos respecto a la perspectiva con que se contemple. Muchas reformas que
son positivas para la economía resultan afectando de manera negativa a la
sociedad, o puede darse el caso contrario.
La valoración de los efectos de las reformas es un problema
de carácter político, aunque en términos generales, los organismos
internacionales coinciden en unos principios básicos: estas deben apuntar a
alcanzar la equidad, tanto en el acceso a los servicios y bienes, como a la
ampliación de los beneficios económicos y sociales, y, como se estableció en el
programa llamado Los objetivos del desarrollo del milenio, las reformas deben
apuntar, entre otras muchas cosas, a disminuir la pobreza y marginalidad social
Las reformas sociales
Desde hace muchos años es claro que uno de los principales
problemas en América Latina tiene que ver con la distribución de la riqueza. La
pobreza en nuestro continente, a diferencia de otros lugares del mundo, no es
producida por una deficiencia en la capacidad productiva o por los limitados
recursos económicos o naturales con los que se cuenta, sino que se origina en
sistemas inequitativos de acumulación, que hacen que la riqueza generada no
llegue a todos los habitantes de una nación determinada.
Ante esta situación, diversos organismos internacionales y
académicos han venido recomendando reformas que permitan a los ciudadanos
acceder a servicios y bienes básicos para su subsistencia. No obstante, la gran
mayoría de estas reformas siguen sin ser llevadas a cabo. Una explicación de
ello, tiene que ver con el hecho de que las decisiones políticas se encuentran
relacionadas con intereses económicos, y que las reformas sociales que se
necesitan con urgencia no tienen prioridad frente a otros temas tales como la
regularización de los mercados, el control de la inflación, la preservación de
las cuotas de exportación y, en general, los indicadores económicos, sobre las
condiciones reales de los habitantes. Esto significa que se ha privilegiado el
crecimiento y la estabilidad económica, con inmensos costos sociales que
podrían ser menguados a través de reformas sociales. Es un hecho que en los
últimos cincuenta años la economía se ha transformado más allá de sus
expectativas. Hoy nos vemos abocados a procesos globalizadores que hacen que,
lo que los economistas llaman "interdependencia económica': determine la
capacidad de un Estado para realizar ajustes en sus estructuras económicas. En
otras palabras, hoy por hoy, un Estado es menos libre de tomar decisiones
autónomas respecto a determinaciones económicas que afecten a sus ciudadanos.
Clasificación de las reformas
Las reformas se clasifican en: "desde arriba hacia
abajo" y "de abajo hacia arriba':
Desde arriba hacia abajo. Son aquellas que se efectúan por
disposición de los gobiernos o de sus funcionarios, a través de un acto
legislativo y con las debidas aprobaciones exigidas por las instancias de los
Estados (Congreso, Corte Constitucional, Consejo de Estado, etc.). Un ejemplo
de este tipo de reformas es el que se efectuó a nivel educativo en Colombia con
la Constitución de 1991. Dicha reforma promovió, desde las instancias
gubernamentales, la modernización de la educación en todos los niveles.
Desde abajo hacia arriba. Son aquellas que se efectúan por
iniciativa del pueblo para solucionar una necesidad de primer orden. Estas
reformas son luego apoyadas por los gobiernos y, por lo general, buscan ser
aplicadas en otros espacios territoriales. Un ejemplo de este tipo de reformas,
es el que se efectuó en El Salvador, con el programa educativo Educación con
participación de la comunidad, Educo. Esta reforma educativa nació de la
experiencia de los poblados campesinos que estaban en zonas de conflictos. En
estas comunidades, la educación tenía una forma autónoma y sin injerencia
estatal, contrataban a los maestros para que enseñaran a sus hijos.
Posteriormente, este modelo fue recuperado por las políticas educativas y se
extendió luego a toda la zona rural y, finalmente, a las zonas urbanas.
Aunque esta clasificación de las reformas sociales son las
más aplicadas en Latinoamérica, los estudios muestran que estas distinciones no
son absolutas. La experiencia de El Salvador, por ejemplo, fue implementada y
generalizada gracias a la acción decidida del Ministerio Central que, a su vez,
contó con un ministro estable y de gran prestigio en el país. De este modo, lo
de arriba y abajo son más bien momentos del ciclo de formulación y ejecución de
políticas.
Un comienzo optimistaHacia 1910, cuando muchos países del
área celebraban el centésimo aniversario de sus primeras luchas por la
independencia, América Latina parecía finalmente convertirse en un éxito.
Elites progresistas llenas del espíritu científico de la época estaban en el
poder casi por doquier, administrando el crecimiento económico y la
modernización. Con sólo echar una mirada hacia atrás se podía apreciar la
magnitud del progreso, interpretado dentro de los cánones del pensamiento
evolucionista, que había reemplazado a una versión anterior del
constitucionalismo liberal. La única nube en un cielo en general límpido era
que la violencia no había sido aún totalmente erradicada, y más bien se estaba
volcando del cuadro rural al urbano. Finalmente, en México la inmensa reserva
campesina explotó, y eso marcó una diferencia. La diferencia significó un
millón de muertos, y desde entonces la política latinoamericana ya no podía
volver a ser la misma. Durante las primeras dos o tres décadas del siglo el
anarquismo fue la fuerza dominante en la izquierda, en la mayoría de los países
del área. En algunos de ellos no estaba demasiado conectado con las tradiciones
y las prácticas políticas nativas, siendo su campo de reclutamiento los
inmigrantes europeos, pero en otros tenía más profundas raíces locales. Es así
como en México Ricardo Flores Magón (1874-1922), ganado por las nuevas
doctrinas, fundó en 1905 el Partido Liberal Mexicano, junto a otros
intelectuales progresistas. Esto implicaba una seria desviación de las pautas
europeas, representando además un intento de reivindicar el nombre liberal --
aún prestigioso entre los activistas populares de diversos orígenes sociales --
liberándolo de sus anclajes porfirianos. La mayor parte de los anarquistas se
plegaron a la revolución, y contribuyeron a formar dentro de ella una fuerza
sindical, la Casa del Obrero Mundial, que se incorporó hasta las verijas en las
luchas políticas de su tiempo, por más "criollas" que ellas fueran.
En la Argentina el predominio anarquista estuvo desde un comienzo basado en un
público extranjero, y lo mismo puede decirse, en medida algo menor, del partido
Socialista, bajo la dirección de Juan B. Justo (1865-1928), un médico con un
buen conocimiento de la social democracia europea. El problema respecto a la
formación de un partido obrero en la Argentina está muy bien reflejado en la
polémica entre Justo y el diputado socialista italiano Enrico Ferri en 1908.
Ferri argumentaba que en un país sin una fuerte industria el socialismo nunca
podría arraigar, y por lo tanto sería mejor que el partido adoptara el nombre
de Radical, o RadicalSocialista, disputando el lugar que mal ocupaba ese
"partito della Luna" (la Unión Cívica Radical) dirigida por un
misterioso e inescrutable caudillo, Hipólito Yrigoyen. Justo le respondió que
tanto Australia como Nueva Zelandia, a pesar de no tener una industria
poderosa, tenían importantes partidos laboristas, debido a la presencia de un
sindicalismo temprano, estimulado por la escasez de mano de obra. Argentina,
como Australia, podía no estar industrializada, pero tenía un desarrollo
capitalista bastante avanzado, tanto en el campo como en el comercio y los
servicios. Ferri le contra argumentó que el partido australiano era más radical
que socialista, debido a la gran moderación de su plataforma (semejante, en
eso, a la de los argentinos), e insistió en sus consejos
EL impacto de las revoluciones mexicana y rusa
A la Revolución Mexicana -- que empezó a ponerse realmente
seria hacia 1914 -- se añadió el trauma de la Primera Guerra Mundial y su
secuela soviética. ¿Podría ser que, a pesar de las optimistas premisas teóricas
generalmente aceptadas, el palacio en fin de cuentas tenía cimientos de barro?
En Europa ya habían surgido nuevos profetas, que usaban el mismo tipo de lógica
despiadada de los evolucionistas liberales, para demostrar que la
inevitabilidad existía, pero que trabajaba en un sentido distinto. Con la
Revolución Rusa la alarma se extendió como un reguero, aún cuando se podía
argumentar que en América Latina, o al menos en algunas partes de ella, las
cosas eran diferentes. ¿Pero cuán diferentes? Porque podrían ser aún más
peligrosas que en Europa. Después de todo, la primer conmoción había ocurrido
en México, o en China hacia la misma época, con una señal de advertencia en
Rusia en 1905. La Comuna de Shanghai de 1927 mostraba en qué inesperados
lugares podía estallar la revolución. Algunos de los países latinoamericanos,
especialmente Argentina y Uruguay, y en menor medida Chile, podían parecer
relativamente protegidos contra la violencia, debido a su prosperidad y a la
presencia de una numerosa clase media, pero no es así como la situación era
vista en aquel entonces. Tanto en Chile como en la Argentina el temor hacia una
desestabilización había sido ya expresado en la primera década del siglo. Después
de la Primera Guerra Mundial un agudo enfrentamiento social continuó, y produjo
una seria interrupción de la tradición chilena de gobierno civil, entre 1924 y
1932. En la Argentina un factor adicional era la enorme proporción de
inmigrantes, que podrían súbitamente explotar si sus sueños fueran destruidos
por la crisis y la desocupación. En respuesta a éstas y otras amenazas
percibidas por la clase dirigente, su pensamiento se reorientó hacia la
derecha, en búsqueda de nuevas ideas. El evolucionismo se hizo sospechoso, y se
lo vio como excesivamente simplista, porque podía ser interpretado en
perspectiva marxista. Se apeló entonces a las tradiciones nacionales y al
pensamiento católico, mezclado a veces con una lectura selectiva de la nueva
sociología, que según Laureano Vallenilla Lanz "condena definitivamente la
anarquía y la revolución". Vallenilla (1870-1936) agregaba, pensando en su
nativa Venezuela, gobernada por el dictador Juan Vicente Gómez (1857-1935), que
la "solidaridad mecánica la subordinación de los pequeños caudillos en
torno del caudillo central, representante de la unidad nacional ...no se
transforma sino muy lentamente en solidaridad orgánica, cuando el desarrollo de
todos los factores que constituyen el progreso moderno vaya imponiendo al
organismo nacional nuevas condiciones de existencia y, por consiguiente, nuevas
formas de derecho político". Esto era una traducción del evolucionismo
tradicional a los conceptos de la teoría durkheimiana, enfatizando la necesidad
de proceder despacio en la adopción de nuevas instituciones. Este enfoque tenía
una venerable antigüedad en el pensamiento latinoamericano: de manera semejante
ya antes Alberdi había criticado a la primera generación de liberales
reformistas por haber tratado de introducir demasiados cambios, desconociendo
el "carácter asiático" de sus países, que exigía que "las reglas
del gobierno representativo inglés o norteamericano cediesen un poco de su
rigor a las peculiaridades de ese suelo y de esa sociedad"
Aprismo y marxismoVíctor Raúl Haya de la Torre (1895-1979),
expulsado del Perú por el dictador Augusto Leguía cuando era aún un dirigente
estudiantil, llegó exiliado a México en 1924, y quedó impresionado por la
atmósfera intelectual y política que encontró. Combinando lo que veía con los
principios del movimiento de la Reforma Universitaria iniciada en la Argentina
en 1918, desarrolló una ideología autóctona, a la que con el tiempo agregaría
elementos de socialismo tanto marxista como fabiano, y algunas lecciones --
aunque ninguna simpatía -- de la manipulación de masas por un líder carismático
en la Alemania nazi. Fundó lo que proyectaba ser una Internacional rival de las
existentes Segunda y Tercera, que tomó el nombre de Alianza Popular
Revolucionaria Americana (APRA), dedicada a formar un partido afín en cada
país. Su impacto fue muy grande a lo largo del continente, donde se pueden
observar importantes influencias apristas, desde la Acción Democrática de
Venezuela, dirigida por Rómulo Betancourt, o el Partido de Liberación Nacional
de Costa Rica, de José Figueres, hasta los Socialistas chilenos y sectores de
la Unión Cívica Radical argentina. Haya de la Torre, usando el corpus principal
de la teoría marxista, sostenía que en condiciones de subdesarrollo no es
posible esperar que la clase obrera dirija un proceso de cambio social
comprehensivo, ni tampoco que forme un partido propio con significativo peso
numérico. Mucho menos podría el campesinado cumplir esas tareas. Así, pues, la
clase media debía ser incluida como un tercer elemento del trípode, y asumir un
rol dirigente. Era también necesario canalizar las fuerzas del capital
internacional, para que se diera la necesaria acumulación. El imperialismo
económico podría ser, como decía Lenin, la última etapa del capitalismo, pero eso
era sólo cierto en Europa y los Estados Unidos. En la periferia el imperialismo
era la primera, no la última etapa del capitalismo, y por lo tanto se le
debería dar espacio para su adecuado funcionamiento. Un Estado local fuerte
debía controlarlo, pero sin espantarlo. Ese Estado tenía que basarse en la
triple alianza entre las clases medias, los obreros y los campesinos, y llegar
a acuerdos con las clases dominantes, mediante un elemento de corporativismo
introducido en la Constitución. Es así que Haya hablaba del Estado de los
Cuatro Poderes, en el que a los tres tradicionales se le sumaría un cuarto, de
tipo corporativista, donde las diversas fuerzas sociales estarían representadas
de manera "cualitativa". Pensaba que era mejor que las Fuerzas
Armadas, la Iglesia, o los grupos empresarios nacionales o extranjeros tuvieran
un campo legítimo y legal donde expresarse, en vez de actuar detrás de la
escena, como habitualmente lo hacían. Era preciso, además, tener un partido
bien organizado, con militantes disciplinados, y una figura carismática a su
frente, la cual constituía la única forma de liderazgo comprensible para la
mayoría del pueblo. Identificaba al tipo de nacionalismo que propugnaba como
"Indoamericano", refiriéndose al antiguo término español de Indias
Occidentales, evitando el término "Latino" que obviamente no se le
aplicaba a gran parte de la población del continente. El aprismo intentó llegar
a las masas indígenas, pero en la práctica no le era fácil a sus militantes de
clase media o cholos costeños el acceder a ese tipo de población, que vivía en
lugares alejados y desconociendo el español. Al mismo tiempo que se difundía el
aprismo, no sólo en el Perú sino en el resto del continente, durante los años
veinte y treinta, otros sectores de la intelligentsia preferían adoptar la
nueva variante del marxismo que se inspiraba en la experiencia soviética. José
Carlos Mariátegui (1894-1930) fue el principal representante de esta corriente,
que en su caso implicó un esfuerzo por adaptarse a las condiciones locales,
especialmente al reconocer al problema indio como el número uno en el Perú y
otros países andinos. Esta fue la principal contribución de sus influyentes
Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana (1928). Rechazando todo
tipo de explicaciones raciales o culturales, e influenciado por los trabajos
del antropólogo Luis E. Valcárcel y su Grupo Resurgimiento basado en el Cuzco,
afirmaba que el latifundismo era el principal responsable por la miserable
condición de la población aborigen. Para ello era más necesario un sentido
heroico de la vida, que un culto del determinismo. Al determinismo se lo veía
como una característica más de la despreciada Social Democracia que del
marxismo.
Corporativismo, democrático y del otro Durante los años
veinte y treinta Brasil experimentaba un rápido desarrollo, aunque con tasas de
alfabetización y de bienestar bien menores que las imperantes en Chile,
Argentina y Uruguay. La disponibilidad de una oferta ilimitada de mano de obra
-- para usar el término que le han dado los economistas -- disminuía la
capacidad de los trabajadores de Sao Paulo de organizarse e ir a la huelga, en
comparación con las repúblicas del sur. A pesar del activismo anarquista el
sindicalismo siguió siendo muy débil. Existía un partido Comunista, pero
principalmente difundido entre intelectuales o aún militares, que intentó en
1935 una rebelión con apoyo en sectores armados, duramente reprimida. La clase
media tenía poca experiencia asociativa, y no poseía nada semejante a los
partidos Radical o Colorado, o a los Apristas. La política, desde el nacimiento
de la República, que de lo contrario hubieran sido columnas del orden
constituido: una intelligentsia conservadora enraizada en las clases altas
regionales dejadas de lado por el progreso económico, y una oficialidad militar
joven. La intelligentsia conservadora se veía a sí misma como continuadora de
los gobernantes imperiales del siglo anterior, enfrentando ahora el reto de los
inmigrantes y de los industriales paulistas, así como de las masas en busca de
mayor participación. Un Estado fuerte, dirigido por una elite con gran sentido
de misión, era un requisito para manejar la nueva situación. Alberto Torres
(1865-1917) fue un precursor de esta mentalidad, y también un político práctico
durante la República Velha (1889-1930), habiendo ejercido la presidencia
(gobernación) del Estado de Río de Janeiro, y representado a su país en el
exterior. Fuertemente adherido a los valores liberales, aceptó también el credo
positivista, auque rechazando cualquier implicación racista. Reaccionaba contra
quienes lamentaban la composición étnica del Brasil, o buscaban resolver sus
problemas mediante la inmigración europea, en vez de preocuparse por la suerte
de los antiguos esclavos, a quienes se dejaba vegetar malamente, sin acceso a
la tierra. Torres también condenaba la explotación del país por el capital
extranjero, que se llevaba valiosos recursos naturales no renovables. Llegó a
decir que los financistas a menudo crean más víctimas y desgracias que las
bombas de los anarquistas. Contra el peligro de la desintegración nacional era
preciso tener un Estado fuerte, que debería estimular los grandes proyectos
necesarios para el crecimiento económico bajo condiciones modernas. Las elites
habían estado tradicionalmente desorientadas por su tendencia a adoptar modelos
y criterios morales incubados en el extranjero. El moralismo no era una
solución, pues implicaba la "supremacía de virtudes pasivas y negativas
(...) común a épocas de declinación y a pueblos en estado de abatimiento",
desvalorizando a las más constructivas "virtudes del sentimiento y del
carácter que inspiran la dedicación de la vida y de la actividad a ideas y
causas superiores". La estabilidad política y el crecimiento económico
necesitaban un gobierno fuerte, y éste a su vez sólo existe cuando hay una
nación, "homogénea en sus elementos, o fuertemente subordinada a un
espíritu, un móvil, una aspiración, o una clase preponderante". En esta
última frase existe en potencia toda una potencial sociología de la
construcción de la nacionalidad. Torres admitía que con esos criterios Brasil
era una nación artificial, si se la comparaba con las más antiguas y
establecidas sociedades de Europa y Asia, pero precisamente por eso necesitaba
"la creación (...) par en haut de (...) hábitos, (...) reflejos, y del
instinto de conservación y de progreso nacional". La principal propuesta
constructiva de Torres fue una revisión constitucional, publicada en su obra A
organizaçao nacional (1914), que debería haber creado un régimen mucho más
centralizado, introduciendo, al lado de la Cámara de Diputados elegida por el
pueblo en general, un Senado con fuertes elementos corporativos añadidos a los
de designación estadual. El presidente sería elegido por un colegio electoral
especial, lleno de representantes profesionales; mientras que un cuarto poder,
el Poder Coordenador, designado conjuntamente por el Ejecutivo, el Congreso, y
altos funcionarios judiciales y académicos, daría orientación a la política
nacional, Ideas políticas y sociales en la América Latina del siglo XX Torcuato
S. Di Tella Documento descargado de http://www.educ.ar 14 al designar
procuradores en los estados y municipios, para supervisar su funcionamiento. No
había mucho lugar para los partidos políticos en este esquema, pues se veía
como inconveniente el volver a un régimen de gobierno basado en representantes
elegidos meramente en base al número de sus simpatizantes. No confiaba en los
resultados de elecciones libres, porque dado el estado cultural de las masas,
éstas seguirían siendo por mucho tiempo instrumentos de clanes locales. Sin
embargo, no pensaba que se debiera prohibir la existencia de partidos
políticos, y además daba gran importancia al mantenimiento de las garantías
cívicas, así como a la libertad de prensa y de asociación, lo que lo ubica
firmemente en la tradición liberal. Sus ideas corporativistas no tienen nada
que ver con el aún inexistente fascismo, y pueden más bien emparentarse con las
que se encuentran en las obras de Herbert Spencer o Emile Durkheim, o en el
pensamiento social católico.19 Torres tuvo un pequeño grupo de discípulos, que
proliferó después de su muerte, convirtiéndolo en profeta del despertar
nacional, y también de ideologías autoritarias que difícilmente habría
aprobado. En primer lugar entre esos discípulos se destaca Francisco José
Oliveira Vianna (1885-1951) quien, sin embargo, estaba mucho más preocupado por
el tema de la raza como causa de los problemas del Brasil. En su temprana obra
sociológica, Populaçoes meridionais do Brasil (1920), Oliveira Vianna expone
gran parte de su pensamiento, luego desarrollado en numerosos libros. Estaba
proyectada como primera parte, referida a la región central del Brasil (Rio de
Janeiro, Sao Paulo y Minas Gerais), de un estudio más amplio. Analizaba en ella
el carácter predominante de los estratos populares de esa región, denominados
matutos, dedicados a la agricultura más bien que a la ganadería. Esta
población, básicamente pasiva y deferencial, sería luego comparada con los más
agresivos jinetes del extremo sur (Rio Grande do Sul), los gauchos, y con los
del norte y nordeste (de Bahia hacia arriba), los sertanejos. La docilidad de
los matutos sería resultado de sus características raciales y del medio
ambiente. La ausencia de la autoridad central en el interior del país obligaba
a la gente a depender de la autoridad del notable local, quien organizaba
bandas armadas para defenderse y defender a sus dependientes de cualquier tipo
de agresión externa. Por eso es que el hombre común sufre angustia si no tiene
un jefe. El resultado era una sociedad más parecida a la de las repúblicas
hispano americanas vecinas, gobernadas por tiranos sanguinarios como Rosas o
López, única manera de tenerlas tranquilas. El hecho de que la parte principal
del Brasil estuviera dedicada a la agricultura, con sus clanes asentados sobre la
lealtad de los matutos, evitó al país una semejante violencia
Del nacionalismo al populismo
Durante los prósperos años veinte la Argentina no
experimentó la agitación de tipo tenentista que cundía en Brasil y Chile. Una
corriente nacionalista existía en las Fuerzas Armadas, pero ella tomó formas
más decididamente conservadoras. El nacionalismo había sido alimentado, en
buena parte, en la reacción ante la inmigración europea, por parte de elites y
de intelectuales que la veían como fuente de anomia y de decadencia cultural
capaces de generar condiciones de revolución social. Ricardo Rojas (1882-1957),
con su La restauración nacionalista y Eurindia, indicó la necesidad de retornar
a las tradiciones nativas - o españolas - incluyendo la integración de la
cultura indígena. Inspirado en esas ideas escribió un drama, Ollantay, basado
en una antigua tradición incaica. Manuel Gálvez (1882-1963), un novelista que
ponía sus ideas en boca de sus personajes, estaba más en sintonía con el
fascismo europeo. La biografía que escribió de Hipólito Yrigoyen lo destaca no
tanto como demócrata, sino como dirigente de masas, al estilo de Mussolini.
Leopoldo Lugones (1874-1930), poeta ampliamente reconocido en su país,
evolucionó desde su temprano anarquismo hacia posiciones liberales, para luego
adoptar actitudes autoritarias, que proclamó en 1924, en un discurso pronunciado
en la celebración americana de la batalla de Ayacucho, cuando anunció que había
llegado "la hora de la espada". Algunos conservadores liberales de
cuño más tradicional, como Lucas Ayarragaray (1861-1944), le respondieron que
el sistema tenía sus propios correctivos, y no era necesario sembrar alarma,
pero mucha gente siguió las ideas de Lugones. En la Izquierda también crecía un
fermento nacionalista, con colores latinoamericanistas, como en Manuel Ugarte
(1878-1951), que había adquirido fama con su El porvenir de América Latina
(1911). Rompió tempranamente con el partido Socialista de la Argentina,
demasiado poco preocupado por el dominio norteamericano en el continente, y
continuó con una activa prédica antiimperialista, hasta que en sus últimos años
adhirió al peronismo.32 Ante el entusiasmo popular generado por la segunda
presidencia de Yrigoyen (1928- 1930), y algunas medidas económicas poco
apreciadas por las sectores empresarios internacionales, los preparativos de un
golpe arreciaron, hasta estallar en septiembre de 1930, inaugurando una larga
etapa de 50 años de pretorianismo de masas e inestabilidad. Julio y Rodolfo
Irazusta, desde las páginas de La Nueva República (1927-1931), contribuían a la
creación de una nueva ideología para una clase dirigente resucitada, capaz de
unificarse, primero a sí misma, y luego al resto de la sociedad bajo su
liderazgo. Buscaban inspirarse en la vida e ideas políticas de Juan Manuel de
Rosas, una mezcla de conservadorismo tradicional y populismo, inmune a excesivos
pruritos constitucionales. Esa generación de nacionalistas, en general
identificados tanto con Rosas como con los regímenes fascistas, incluía a
Carlos Ibarguren, Ernesto Palacio, Virgilio Filippo y Manuel Fresco, gobernador
de Buenos Aires (1936- 1940) ducho en colocar votos en las urnas cuando los
electores no lo hacían de propia voluntad. En principio deseaban renovar al
partido conservador (denominado Demócrata Nacional), para sensibilizarlo a la
temática de la justicia social y a la necesidad de integrar a la clase obrera.
Al mismo tiempo un grupo de pensadores católicos se reunía en la revista
Criterio, dirigidos por Monseñor Gustavo Franceschi. La renovación de las ideas
católicas merecía primordial atención en esta revista, y se exploraban alternativas
desde el falangismo a una democracia liberal con sensibilidad social,
rechazando en general las formas más extremas del totalitarismo. De manera más
tecnocrática, Alejandro Bunge (1880-1943), en su Revista de Economía Argentina
y varios libros muy influyentes, estudiaba las posibilidades de renovación
económica, promoción industrial, integración con los países vecinos, y
legislación de tipo social cristiano. La Unión Cívica Radical, después de su
derrocamiento en 1930, se había reorganizado bajo la conducción moderada de
Marcelo T. de Alvear. El ala "antipersonalista" del partido se había separado ya desde 1924,
y cooperó luego con los Conservadores y los Socialistas Independientes apoyando
al golpe de 1930. Como reacción contra este contubernio se creó el grupo FORJA,
una usina ideológica inspirada por Arturo Jauretche, un prolífico escritor
dedicado a la revisión de la historia argentina y a la incorporación de
elementos nacionalistas a la ideología radical, rechazando las tendencias
internacionales de la intelligentsia local. De todos modos, la mayor parte del
público ilustrado siguió en la orientación liberal moderadamente de izquierda
de pensadores como Alejandro Korn (1860-1936), empeñado en contrarrestar el
credo positivista de una generación anterior, o Ezequiel Martínez Estrada
(1895- 1964), quien en su Radiografía de la pampa (1933) dio una visión muy
pesimista de las características intelectuales del país. Martínez Estrada
lamentaba la muy difundida falta de aceptación de los aspectos reales del país,
con las que era necesario reconciliarse, porque, contrariamente a lo que creía
Sarmiento, "civilización y barbarie son una y la misma cosa".33 A
medida que avanzaba la "década infame" las esperanzas de un mayor
número de gente se concentraban en la experiencia soviética. Aníbal Ponce
(1898-1938), un discípulo del Ingenieros tardío (que había visto con simpatía
las nuevas experiencias del Este) fue su principal figura, que intentaba
integrar el humanismo con la conciencia de clase, en obras como Humanismo
burgués y humanismo proletario, y Educación y lucha de clases (1936). Cuando
los militares golpearon de nuevo en 1943 ya existían, por lo tanto, los
elementos ideológicos, internacionales o latinoamericanos, para ser mezclados
de manera explosiva por un individuo o una elite creativos. Detrás de estas
posibles combinaciones estaba la necesidad de proteger a la creciente
industria, que se había robustecido durante los años treinta, y luego bajo la
protección inducida por la guerra. Los militares, por sus propias razones,
deseaban asegurar la continuidad del proceso durante los previsiblemente
difíciles años de la posguerra. Se temía a la desocupación como fuente de
agitación social, a la que añadirían combustibles los inmigrantes europeos
endurecidos por la experiencia bélica. Un verdadero Gran Miedo atenaceó a
importantes sectores de las clases dirigentes, estimulado por los militares, convencidos
de que quien ganaba las guerras era el "General Industria".
Replanteos en la Izquierda: populismo y revolución social
En Chile la Izquierda, después de pasar por la experiencia
del Frente Popular (que duró, con diversas reorganizaciones, desde 1938 a
1948), y teniendo que enfrentar el giro a la derecha del presidente radical
Gabriel González Videla, comenzó a mirar con interés a la experiencia
aparentemente muy próspera, y "socialmente justa", de su vecino
transandino. Los Socialistas, impulsados por su teórico Clodomiro Almeyda, muy
conocedor de los textos de autores como Juan José Hernández Arregui y Jorge
Abelardo Ramos, iniciaron una estrategia de convergencia con movimientos
populistas, independientemente de las ideas que pudieran tener sus carismáticos
jefes. Esto implicaba apoyar al General Carlos Ibáñez, quien después de haber
pasado por prácticamente todas las tiendas políticas ahora aparecía como
candidato antipartidocrático, siguiendo el camino de Perón. En varios otros
países de América Latina algunos militares también se proponían emular el
milagro peronista, o sea: una combinación de gobierno firme, crecimiento
industrial, humanización del capital, y cooptación del sindicalismo. Manuel
Odría lo trató en Perú (1948- 56), pero fracasó, y fue derrocado después de
perder el apoyo de los conservadores, alarmados ante las consecuencias no
necesariamente premeditadas de lo que estaba tratando de hacer. Lo mismo
intentó Gustavo Rojas Pinilla en Colombia (1953-1957), secundado por el
intelectual socialista Antonio García, y por muchos antiguos Gaitanistas, que
veían una oportunidad para romper el predominio de la oligarquía bifronte de
Conservadores y Liberales. García sintetizó sus ideas en un ensayo, Gaitán y el
problema de la revolución colombiana (1955), explicando su propio programa de
reformas sociales bajo conducción autoritaria. Sin embargo, a Rojas le pasó lo
mismo que a Odría, pues se enajenó a la clase alta sin conseguir movilizar a
fondo a las masas, aún cuando su partido consiguió una respetable
representación electoral por unos cuantos años, después de lo cual desapareció
del mapa. En Brasil la Izquierda también se reconcilió con Vargas,
especialmente después de su suicidio en 1954. La evolución intelectual del
antiguo dictador había acompañado, en muchos sentidos, el drama de su
generación. Había comenzado como integrante un poco periférico de la elite
política de Rio Grande do Sul, formado en la escuela positivista de Júlio de
Castilhos y de Borges de Medeiros, quienes habían pensado que su estado podía
evitar la suerte caótica de las vecinas repúblicas si conseguía consolidar
instituciones progresistas bajo un gobierno firme con la menor participación
popular posible. Durante su primer y largo período de gobierno a nivel nacional
(1930-1945) Vargas se rodeó de los tenentes y de otros desarrollistas
autoritarios, y se fue acercando al modelo mussoliniano. Pero más adelante
siguió la corriente de los tiempos, y se definió a favor de una forma nacional
de socialismo, y esta vez no había confusión con la perimida variedad
germánica. Eran los años en que parecía que el populismo finalmente se volvería
revolucionario, como inevitable resultado de su base social.
La Revolución Cubana tuvo, lógicamente, un inmenso impacto
en la Izquierda y entre quienes se identificaban con el hemisferio popular de
la política. En la Argentina el derrocamiento de Perón en 1955 había
ocasionado, ya, serias reconsideraciones. Ahora se veía a la "democracia
formal" con sospechas, mientras que empalidecían los casos de violación de
libertades públicas por el régimen de Perón, ante su capacidad de representar
la voluntad popular. Aún intelectuales de derecha, como el filósofo Carlos
Astrada, evolucionaron desde sus preferencias fascistas hasta una aceptación de
las más radicalizadas formulaciones del marxismo. Amplios sectores de la
Izquierda adoptaron tácticas violentas y se unieron al peronismo, generando
dentro de él la Juventud Peronista y el movimiento armado Montonero, y afuera
pero en alianza, el trotskista Ejército Revolucionario del Pueblo. John William
Cooke, un peronista con antecedentes forjistas, expresó esta mutación
ideológica, que tenía como inspiradores a la tríada de Perón, Mao Tse Tung y el
Che Guevara. La alianza entre el principal movimiento popular del país y las
formaciones guerrilleras, que duró desde por lo menos 1969 hasta 1973, creó una
enorme fuerza social, que logró imponérsele al régimen militar, obligándolo a
conceder elecciones libres. Una vez que esa heterogénea coalición popular llegó
al poder (1973), se imponía dirimir internamente la hegemonía. El cuerpo
principal de los peronistas, anclado en los sindicatos y apoyado por la pequeña
pero influyente extrema derecha que también operaba dentro del movimiento,
finalmente expulsó a los Montoneros y otros izquierdistas, iniciando una
sangrienta persecución, luego completada por el nuevo régimen militar que se
impuso de 1976 a 1983. Esta lucha interna tuvo importantes consecuencias, pues
desde entonces el peronismo no ha gozado de simpatía entre los grupos de
izquierda. El impacto ideológico de la Revolución Cubana también se dejó sentir
en el Brasil, donde fue responsable de la radicalización del gobierno de Joao
Goulart (1961-1964). Goulart llegó al poder de manera inesperada, debido a la renuncia
del Presidente Jánio Quadros.38 Una guerra civil se preparaba, pero se la evitó
por un pacto que introdujo el sistema parlamentario, para reducir a la nulidad
los poderes de Goulart. Debido a las características del electorado brasileño y
de sus partidos políticos, el Congreso en general era marcadamente conservador.
Esta parlamentarización de Joao Goulart se convirtió en una experiencia
paradigmática para el pensamiento político brasileño y latinoamericano.
Tradicionalmente, se había visto al ejecutivo fuerte como un recurso de la
Derecha, contra un eventual dominio del Congreso por una combinación de
partidos políticos que podían ir del centro hasta la izquierda. Ahora, en
cambio, con un electorado semi movilizado, parecía evidente que un ejecutivo fuerte,
si podía ser capturado por un líder progresista, nacional y popular,
potencialmente revolucionario, se convertiría en palanca de cambios sociales
radicales. Parecía que las masas, en su presente estado, sólo podían ser
estimuladas a la acción, dejando de lado su secular sueño, por un dirigente
carismático, que se convirtiera en vehículo de sus esperanzas. Esas mismas
masas, cuando tenían que votar por legisladores, o aún gobernadores estaduales,
eran capaces de dar sus preferencias a notables locales.
*Nuevas ideologías en elaboración
La teoría de la dependencia, desde el final de los años
sesenta, había estado cuestionando los planteos de la ciencia social dominante,
que venía del Norte. Argumentaba que la asimetría en las relaciones
internacionales de poder hacía prácticamente imposible para los países de la
periferia el desarrollarse de manera autónoma. Sin embargo, el principal libro
en que se expuso esta línea de pensamiento, de Fernando Henrique Cardoso y Enzo
Faletto, fue significativamente titulado Dependencia y desarrollo (1969), y
debía mucho al trabajo pionero de Florestán Fernandes, quien a partir de un
interés en el funcionalismo se reorientó en dirección marxista. Dependencia y
desarrollo planteaba una tesis que se perfilaba como polémica con la que estaba
entonces más en boga, elaborada entre otros por Celso Furtado (A pre-revoluçao
brasileira, 1963), según la cual la dominación imperialista no daba lugar para
el desarrollo en los países del Tercer Mundo. Las implicaciones revolucionarias
de esta afirmación eran obvias, pues el crecimiento demográfico y el aumento en
la educación, bajo condiciones de estancamiento económico, no podrían menos que
estimular agudas tensiones en varios niveles de la pirámide social. Cardoso y
Faletto argumentaban, en cambio, que el desarrollo podía ocurrir, pero en
condiciones de rígida dependencia, no sólo económica sino política y social,
ejemplificadas con el régimen militar entonces vigente en Brasil. Las
consecuencias políticas que se derivaban del libro no eran evidentes. Para
quienes Ideas políticas y sociales en la América Latina del siglo XX Torcuato
S. Di Tella estaban dispuestos a aceptar
el precio de un sistema autoritario y una dominación internacional, con tal de
conseguir el desarrollo económico, podía no haber problemaEsta versión dejaba
sólo una puerta abierta para muchos miembros de la nueva generación: la lucha
armada. En Chile, después de la pequeña mayoría relativa alcanzada por la
Unidad Popular de Salvador Allende (1908-1973) en 1970, con un Congreso
controlado por la oposición, una nueva experiencia paradigmática iba a vivirse.
De nuevo resultó que la Presidencia se convertía en la principal esperanza de
quienes exigían cambios radicales. A pesar de la persistencia de algunos
enclaves de conservatismo rural, en Chile tanto la Derecha como el Centro eran
mucho más modernos que en Brasil. Esto no fue percibido por los dirigentes de
la Unidad Popular, que en su mayoría creían que la Derecha no tenía lugar
legítimo en una verdadera democracia, y por lo tanto estaba destinada a
desaparecer una vez que la ilustración llegara a las masas. Allende y varios de
sus asesores eran bastante pragmáticos, pero la mentalidad de muchos militantes
y de prominentes ideólogos no estaba preparada para las negociaciones y
equilibrios necesarios en un programa de reforma social cuando no se poseía una
clara mayoría. En 1971 Las venas abiertas de América Latina, de Eduardo
Galeano, inspirada en Les damnés de la terre (1961), de Franz Fanon, se
convirtió en un best seller, y en la Biblia del cambio social radical, basada
en una lectura muy dramática de la historia del continente. Cuba era el modelo,
la democracia liberal a lo sumo una etapa transitoria hacia ese ideal. Un
amplio sector de la intelligentsia de la región buscaba frenéticamente
alternativas al empantanamiento típico de un régimen constitucional liberal
demasiado lleno de controles y bloqueos como para cambiar. Muchos llegaron a la
conclusión de que en algún momento un golpe de mano, si no una revolución, era
necesario para acelerar el tempo histórico. Esto podía tomar dos formas, a
saber, el uso pleno de las facultades presidenciales, aún cuando constitucionalmente
dudosas, o, eventualmente, un complot para usar a un sector de los militares
para desencadenar un golpe progresista. Perú mostraba el camino, en este tema.
En 1968 los grados militares más altos, especialmente los ligados a la
inteligencia y contrainsurgencia, habían derrocado al muy moderadamente
reformista y desacreditado Fernando Belaúnde Terry. Según parece, en sus
esfuerzos por aniquilar a la guerrilla, muchos jefes de las Fuerzas Armadas se
habían convencido de que la única forma de hacerlo era a través de un conjunto
de reformas radicales. El régimen que establecieron, dirigido por el General
Juan Velasco Alvarado (1968-1975) no se planteó la realización de elecciones, y
no toleraba la existencia de partidos políticos. Más bien, prohijaba la
expresión más o menos espontánea de demandas populares, filtradas desde las
bases en barriadas, sindicatos, comunidades de fábrica, cooperativas, y otras
organizaciones semejantes. Al mismo tiempo, se expropiaron las grandes
haciendas, productivas o no, se nacionalizaron las compañías extranjeras, sobre
todo en la minería, se estructuró a las empresas industriales de tal manera que
una parte de las ganancias fuera a la comunidad de sus trabajadores, hasta que
éstos adquirieran el 49% de la propiedad, y la prensa nacional fue expropiada y
entregada a organismos populares o a grupos de periodistas..