TEMA # 5: HECHOS HISTÓRICOS SOBRESALIENTES DE LA SEGUNDA
MITAD DEL SIGLO XX
A partir de la segunda mitad del siglo XX, se perfecciona la
técnica quirúrgica para el trasplante de órganos y se inicia el desarrollo de
medicamentos inmunosupresores.
El primer intento de trasplante pulmonar en el hombre lo
realizó Hardy de la Universidad de Misissipi en 1963. A principios de 1980
Cooper, de la Universidad de Toronto, gracias a los avances técnicos alcanzados
y a la posterior introducción de la ciclosporina inició un programa de
trasplantes pulmonares con mejores resultados.
El primer ensayo de trasplante de páncreas vascularizado en
el hombre lo llevó a cabo Richard C. Lillehei en 1966.
Christian N. Barnard realizó en diciembre de 1967 el primer
trasplante cardiaco en el ser humano.
Los primeros trasplantes de médula ósea en el hombre los
llevaron a cabo Jammet y Mathé en Paris en 1957. Sin embargo, el desarrollo de
esta modalidad terapéutica se alcanzó 20 años después con el mejor conocimiento
del sistema HLA, el progreso de la terapia anti infecciosa y del soporte
hemoterápico.
La introducción de nuevos fármacos que actúan de forma más
eficaz y selectiva sobre el sistema inmunitario, el mejor conocimiento del
proceso de rechazo y de los mecanismos de tolerancia, la profilaxis eficaz y el
mejor tratamiento de las complicaciones del trasplantado, conducirán a una
mayor supervivencia de receptores e injertos a corto y largo plazo.
*LA SEGUNDA MITAD DEL SIGLO XX E INICIOS DEL XXI
Contexto histórico y sociocultural Estados Unidos se
convirtió en la La caída del Muro de Berlín única potencia mundial y nacieron
nuevos bloques económicos, significó el inicio de un nuevo como la Unión
Europea, China, orden internacional. Japón y los países del sudeste asiático.
Caída del Muro de Berlín, noviembre de 1989. Este hecho supuso el fin de los
regímenes comunistas en Europa. Con ello, terminó la Guerra Fría y la Unión
Soviética se desintegró en varias repúblicas.
Desde el punto de vista médico nuestra época puede ser
considerada como la “era de los trasplantes de órganos y tejidos” dado el
elevado número de ellos y el aumento de los buenos resultados.
EL MEDIO SIGLO XX
Desde la terminación de la Segunda Guerra Mundial hasta los
comienzos del gobierno militar de Rojas Pinilla podría abarcar este periodo
denominado «el medio siglo». Desde el gobierno de Alberto Lleras Camargo (1946)
hasta el golpe militar contra Laureano Gómez (1953) se definiría una de las
etapas más convulsionadas e importantes de la historia colombiana del siglo XX.
El momento más álgido de la «violencia», el único golpe militar del presente
siglo, los primeros «planes de desarrollo» auspiciados por agencias
internacionales, los gérmenes del movimiento guerrillero contemporáneo, la
abstención electoral del Partido Liberal en dos elecciones consecutivas, el
intento de una reforma constitucional de carácter corporativista y cuatro
intentos de gobiernos compartidos por los dos partidos tradicionales, son
hechos históricos particulares que caracterizan a Colombia al doblar el siglo
XX y definen con asombrosa determinación el proceso seguido por el país durante
la segunda mitad de esta centuria.
La importancia histórica del «medio siglo XX» proviene
precisamente de allí, es decir, de que prepara las condiciones inmediatas del
FRENTE NACIONAL, no solamente por las necesidades subjetivas que crea, sino por
las circunstancias objetivas que desarrolla, ante las cuales los dirigentes que
controlan el curso del país en ese momento responden con un extraordinario
sentido de defensa propia y de visión realista frente a la situación política
nacional e internacional.
1948: UN HITO HISTÓRICO
Nunca se sabrá quién asesinó a Jorge Eliécer Gaitán el 9 de
abril de 1948 en pleno centro de Bogotá. Las masas enfurecidas se organizaron
espontáneamente y buscaron por toda la ciudad a Laureano Gómez a quien culpaban
del crimen. Después enfilaron su ataque contra el Palacio de Nariño acusando al
Presidente Ospina Pérez de haberlo mandado matar. No se hizo esperar la
respuesta del gobierno sindicando al «comunismo internacional» de un acto de
alta provocación destinado a desatar la insurrección y tomarse el poder, para
ese entonces, no pertenecía a ningún partido revolucionario pero que recorría
América Latina en una campaña antiimperialista contra la dominación
norteamericana sobre el continente.
Cuenta Fidel Castro que Gaitán les había prometido a los
estudiantes organizadores de aquella reunión latinoamericana, especie de
anti-Conferencia Panamericana paralela a la que se celebraba por esos días en
Bogotá y a la cual asistía como jefe de la delegación norteamericana el General
Marshall, el mismo del Plan Marshall para la reconstrucción de Europa,
pronunciar el discurso inaugural y, con ese fin, los habla citado en su oficina
para las dos de la tarde de esa misma fecha del 9 de abril. Gaitán había sido
vetado por el Jefe del Partido Conservador, Laureano Gómez, para representar a
Colombia en la Conferencia. Temía el gobierno y se horrorizaba Laureano ante la
perspectiva de que Gaitán la emprendiera contra Estados Unidos en plena reunión
continental. Excluido de la representación oficial del país, Gaitán aceptó la
invitación de la conferencia estudiantil antiimperialista y les prometió apoyo
económico. Cuando Castro y sus amigos descendían hacía la carrera séptima
esperando la hora de la audiencia, ya las masas bogotanas habían empezado a recorrer
las calles del centro de la capital enfurecidas por el crimen de su caudillo.
En el momento de su muerte, Gaitán era el jefe indiscutido
del Partido Liberal. Había llegado a esa jefatura, parte por la claudicación de
los demás dirigentes liberales, parte por la extraordinaria ascendencia que
habla adquirido sobre el pueblo. Derrotada electoralmente su candidatura
presidencial en 1946, convirtió en victoria política dentro de su partido la
votación minoritaria que había logrado después de que los demás connotados
representantes de la cúpula liberal hicieron mutis por el foro ante la pérdida
del poder. Profundas contradicciones de concepción política, de programa
ideológico, de estilo partidario se habían desarrollado entre Gaitán y cada uno
de los componentes de la exclusiva torre dirigente liberal. Principalmente con
Lleras Restrepo, con quien había sostenido una agria polémica en la década del
treinta sobre la política agraria, y con López Pumarejo quien lo había
destituido fulminantemente de la Alcaldía de Bogotá temeroso como estaba el
Presidente de perder su predominio en el liberalismo bogotano ante las masas
populares y a cuya reelección se había opuesto radicalmente, sus diferencias se
habían hecho cada vez más irreconciliables.
Decidido a no aceptar más las imposiciones de la dirigencia
liberal lanzó su candidatura a la presidencia para el periodo 1946-1950 contra
viento y marea. Fue llenado de oprobio y de insultos por su alevosía. Entre tos
tres candidatos, sólo obtuvo el último lugar, pero logró con su votación poner
en aprietos al Partido Liberal y desafiar la táctica del gobierno de Ospina
Pérez para consolidar un gobierno de colaboración entre los dos partidos
tradicionales. Gaitán ganó las elecciones de mitaca en 1947 y el Parlamento
quedó de mayoría gaitanista. Fue el preludio fallido de un triunfo electoral de
Gaitán en las elecciones presidenciales de 1950. Los primeros meses de 1948
fueron testigos de la «manifestación del silencio» contra la violencia oficial
organizada por él, de su oposición contra el colaboracionismo del Partido
Liberal en el gobierno y de la postura antiimperialista frente a la Conferencia
Panamericana de Bogotá. Por estas razones y por el profundo arraigo logrado en
su lucha política, el pueblo asimiló el asesinato de Gaitán como un crimen
contra sus propios intereses.
Jorge Eliécer Gaitán se sometió a las reglas del juego del
Partido Liberal desde 1935 pero nunca abrazó los presupuestos programáticos de
las decisivas Convenciones de Ibagué y de Apulo, las cuales definieron el curso
de ese partido durante este siglo. El capitalismo de Estado preconizado por
ellas coincidía en mucho con el socialismo no bien determinado de Gaitán, pero
la concepción critica de éste sobre la estructura política nacional, sobre la
organización obrera, sobre el problema de la tierra, sobre las relaciones con
Estados Unidos y sobre la dirección exclusivista del Partido, lo mantuvieron en
permanente conflicto, unas veces agudizado por las contradicciones internas,
otras suavizado por el intento de los jefes liberales de incorporarlo con
premios y halagos al liderato oficial.
LA TRANSICIÓN HACIA EL FRENTE NACIONAL
Durante este periodo se ensayaron regímenes compartidos por
las dos colectividades tradicionales en el curso de tres gobiernos. Pero, si se
tiene en cuenta las dos etapas del gobierno de Ospina Pérez -antes y después
del nueve de abril- los gobiernos compartidos llegaron a ser cuatro: el de
Lleras Camargo, los dos de Ospina Pérez y el de Rojas Pinilla, por lo menos hasta
el rompimiento con la jefatura de los partidos. Las diferencias ideológicas y
programáticas entre el Partido Liberal y el Partido Conservador fueron
desdibujándose lenta pero seguramente desde el gobierno de Reyes y de la Unión
Republicana, pasando por el «candidato nacional» -Sr. Concha- proclamado por
Uribe Uribe en 1914, por los primeros programas de modernización con
endeudamiento externo preconizada por el General Ospina y por el gobierno de
«concentración nacional» de Olaya Herrera.
El mismo López Pumarejo que había defendido arduamente en su
periódico El Nacional la colaboración con el General Ospina, conservador, y que
se opuso «racionalmente» al experimento de Olaya Herrera con el argumento de la
necesidad de los gobiernos de partido, ofreció a Laureano Gómez -su compañero
de muchas aventuras políticas-, tal como lo cuenta Lleras Restrepo en sus
Borradores para una historia de la República Liberal tres puestos en el
gabinete a los conservadores que el mismo jefe de ese partido escogiera. A pesar
de las contradicciones que se generaron entre ellos, López Pumarejo hizo
nombrar a Ospina Pérez como Gerente de la Federación Nacional de Cafeteros.
Durante cuarenta años los grandes dirigentes del Partido Liberal, entre ellos
sus dos figuras proceras -Benjamín Herrera y Rafael Uribe Uribe- se acomodaron
en formas diversas a los gobiernos de la llamada «hegemonía conservadora». En
el mismo período liberales y conservadores compartieron los cargos de dirección
que orientaron el desarrollo económico del país, principalmente, en la
construcción del sector financiero que llegaría a ser la columna vertebral de
la economía para mediados de siglo.
Unas colectividades históricas, enfrentadas en grandes
guerras civiles durante el siglo XIX, no tenían cómo coligarse súbitamente a no
ser que ellas mismas o la historia del país hubieran sufrido transformaciones
radicales. Sin embargo, este «medio siglo» que sirve de testigo al mayor número
de intentos de «frentes nacionales», se constituye en la etapa del peor enfrentamiento
y de las más grandes luchas entre el Partido Liberal y el Partido Conservador a
lo largo del siglo XX, precisamente durante los años de «la violencia». Esta
contradicción es la que consolida ese proceso de transformación de los partidos
tradicionales que se venían gestando a través de hechos muy significativos de
la historia contemporánea.
Lleras Camargo, quien había asumido el gobierno después de
la renuncia de López Pumarejo, al examinar la situación nacional e
internacional el 11 de agosto de 1945, anunciaba al país que se estaba
aproximando un cambio radical en la vida política:
«Permitidme, señores» -anunciaba con toda la solemnidad del
caso- «que aproveche esta ocasión, ofrecida por vosotros como miembros del
partido liberal, al cual pertenezco, en el cual vengo militando desde que
inicié mi carrera pública y a cuya adhesión debe ella todos sus desarrollos,
para hablar, brevemente, sobre cómo entiendo que nos aproximamos a una vasta
evolución que debe cambiar algunas de las bases de nuestra organización
política» .
Un mes después nombraba tres conservadores en el nuevo
Ministerio, a Fernando Londoño y Londoño de Relaciones Exteriores, a Francisco
de Paula Pérez de Hacienda y Crédito Público, y a José Luis López de Economía
Nacional. Por eso, haciendo un análisis de la situación creada por las
elecciones presidenciales que se aproximaban, definía de la siguiente forma el
carácter del cambio que se avecinaba:
«La colaboración de los dos partidos tradicionales en las
tareas del Gobierno, ofrecida libremente por uno, aceptada por el otro,
incondicionalmente, como se hizo conmigo, o sujeta a condiciones, es un
elemento esencial de la paz, especialmente en épocas tan oscuras y difíciles
como las que vive la República, como forzosa consecuencia de su estrecha
vinculación a un mundo destrozado por la más perturbadora de las guerras» .
Defendía, además, que las barreras ideológicas y
programáticas de los partidos se habían ido borrando, pero solamente entre los
dirigentes, mientras en la base de las dos colectividades «se sigue luchando
con la aspereza y el rigor de tiempos y circunstancias desaparecidos». Se
imponía, para él, superar esta contradicción, porque el país no podía seguir
viviendo en esa lucha interna, en momentos en que la situación internacional y
las nuevas «exigencias de la economía mundial» requerían un esfuerzo coligado
de todas las fuerzas políticas:
«Todo ello exige de nosotros un máximo esfuerzo, que no
puede ser obra de un solo grupo humano, ni nadie puede realizar contra la
oposición intransigente de una parte de la Nación. Tenemos que cambiar, ante
todo, nuestra mentalidad agresiva y dogmática, para abrirle campo a la
discusión libre y sagaz de los nuevos problemas. Sobre ellos se irán creando,
naturalmente, las grandes diferencias del porvenir que sustituyan la intrépida
batalla personalista que elude el campo y los motivos contemporáneos para
enriscarse en las guerrillas aldeanas, en interminables encuentros estériles.
Los partidos, a medida que recojan en sus programas un mayor número de
intereses actuales y vivos de los colombianos, irán sufriendo bruscos y grandes
deslizamientos de su población electoral, unos a favor, otros en contra. No
podrán pretender que interpretan y concilian todos los antagonistas y su acción
será más concreta y precisa sobre la opinión, y más arriesgada, en cuanto mejor
la refleje» .
El Frente Nacional quedaba así planteado por uno de sus
futuros ideólogos casi quince años antes de su materialización con una claridad
meridiana. Lo exigía la situación de Colombia en el mundo y lo requería la paz
necesaria para el desarrollo nacional, eran sus dos argumentos fundamentales.
Ospina Pérez coincidiría con estos planteamientos de quien fuera la mano
derecha del gobierno de López Pumarejo y establecería dos gobiernos de Unión
Nacional, partidos por los acontecimientos del 9 de abril de 1948. Con el
acuerdo a que llegaron los comisionados liberales Luis Cano, Carlos Lleras
Restrepo, Alfonso Araújo, Darío Echandia y Plinio Mendoza Neira, en la noche
del 9 al 10 de abril, fueron nombrados Darío Echandia Ministro de Gobierno,
Fabio Lozano y Lozano Ministro de Educación, Pedro Castro Monsalvo Ministro de
Agricultura, Jorge Bejarano Ministro de Higiene, Samuel Arango Reyes Ministro
de Justicia y Alonso Aragón Quintero Ministro de Minas y Petróleos, con lo cual
Ospina le entregaba la mitad del gabinete al Partido Liberal en uno de los
momentos más dramáticos de la historia contemporánea. En la misma forma había
repartido su ministerio en la etapa anterior al 9 de abril. De esta manera era
fiel a su trayectoria política y a las conclusiones de la Convención
Conservadora de 1946, la cual lo había proclamado candidato interpretando su
pensamiento y su programa. La Convención había dejado sentado que:
«En los años por venir los gobiernos de partido son
altamente perjudiciales para los pueblos, entre otros motivos, porque le restan
a la labor común de protección y defensa los conglomerados sociales,
capacidades y talentos, esfuerzos y virtudes que la sociedad tiene derecho a
exigir de todos sus hijos en las horas difíciles de su historia. En tal virtud
lo que Colombia necesita en estos momentos es un gobierno de Unión Nacional, no
contaminado del espíritu de partido, en que sean llamados a colaborar todos los
hombres capaces, para que en completa armonía, en un abrazo apretado de
voluntades y esfuerzos, contribuyan a la obra común de progreso y bienestar
nacionales. Esta será la forma de gobierno que implante el candidato si le
fuere favorable la suerte de las urnas. Ningún espíritu ni exclusivismo de
represalia podrá animarlo» .
Tres obstáculos se atravesarían al paso de estas propuestas
frentenacionalistas y de esta concepción colaboracionista de los partidos
tradicionales: 1) la política desarrollada por Jorge Eliécer Gaitán; 2) la posición
hegemonista de Laureano Gómez; y 3) la contradicción entre la concepción de los
dirigentes y el espíritu de las masas conservadoras y liberales.
Desde el día en que Jorge Eliécer Gaitán decidió desafiar
con su campaña electoral las jerarquías de su partido en 1944 hasta, por lo
menos, la amnistía concedida por Rojas Pinilla a los guerrilleros liberales a
mediados de 1953, es decir, por casi diez años, la historia de Colombia quedó
signada por la figura de Gaitán. Fue él quien derrotó al Partido Liberal y
envió la oligarquía liberal a retiro forzoso. Su campaña política se orientó
contra las dos oligarquías, como él mismo llamaba a las jerarquías de los dos
partidos, con críticas que iban desde el rechazo a todas las reformas de López
Pumarejo hasta el repudio de las prácticas corruptas de la administración
pública. No aceptó en ningún momento la colaboración de los liberales en el
gobierno de Unión Nacional y colocó su oposición como punto programático de su
aspiración a la jefatura del partido. Nombrado jefe único del liberalismo en
1947, condujo las masas liberales a un movimiento de oposición contra Ospina de
tal fortaleza que era considerado ya como el próximo triunfador de las
elecciones presidenciales. Gaitán se había convertido en una amenaza real y
tangible contra todos los intentos de gobierno de coalición entre los dos
partidos del tipo que preconizaban Lleras Camargo, López Pumarejo, Santos,
Ospina Pérez y otros jefes conservadores, con la excepción de Laureano.
Después de su muerte, la sombra de Gaitán mantuvo viva la
oposición guerrillera de las huestes liberales del pueblo contra la coalición
liberal conservadora y puso en aprietos, sobre todo, a la dirección liberal, -a
la misma que se había enfrentado a Gaitán y que había corrido a aprovecharse de
su asesinato para exigirle a Ospina les entregara el poder-, cuando requirieron
de sus miembros una definición clara frente a la lucha que libraban. Desde la
campaña antirreeleccionista contra López Pumarejo en 1942 Gaitán se fue
convirtiendo en un obstáculo casi insalvable a la unión de las «oligarquías» y
en 1948, cuando tenía en sus manos una de las llaves de la política colombiana,
había llegado a ser el elemento decisorio en la intrincada maraña de la
situación nacional.
Eliminado Gaitán del espectro político y salvado el peligro
de su cerrada oposición a la política de coalición, pasó a primer plano un
obstáculo que operaba ya desde mucho antes, pero que no habla llegado a ser tan
determinante, la recalcitrante posición hegemonista de Laureano Gómez cuya
aspiración máxima consistía en construir en Colombia un baluarte de la
hispanidad, una defensa inexpugnable de la civilización cristiana, una réplica
del franquismo español, y un eslabón del imperio hispanocatólico. De hecho era
a Laureano a quien le correspondía la candidatura conservadora en 1946 por
haber dirigido el Partido Conservador desde 1932 y haberlo conducido a las
puertas del triunfo, pero su nombre hubiera enfrentado en tal forma las
colectividades que el Partido Liberal no habría aceptado en ese momento su
presidencia.
Los gobiernos de Unión Nacional, el asesinato de Gaitán, los
sucesivos rompimientos de la coalición bipartidista debilitaron al liberalismo
y lo ablandaron ante la candidatura Gómez. Una vez en el poder, Laureano no perdonó
nada. El, personalmente, y su reemplazo, Urdaneta Arbeláez, enviaron los jefes
liberales al destierro, trataron de aplastar todas las fuerzas conservadoras
emergentes como la de Álzate Avendaño y rompieron sus relaciones con el
expresidente Ospina.
Lo que llenó la copa fue el intento de establecer una
reforma constitucional de tipo corporativista, asesorada por el jesuita Félix
Restrepo y ceñida a los principios generales del régimen fascista de Mussolini.
Al Senado se le despojaba de su carácter político y se le convertiría en una
asamblea gremial; el poder quedaba concentrado en el ejecutivo; se suprimía
prácticamente la libertad de prensa y de expresión; desaparecía el derecho de
huelga; se ilegalizaban los partidos políticos distintos a los dos
tradicionales; las actividades políticas sufrían un control antidemocrático. En
la mañana del 13 de junio de 1953, unas horas antes del golpe militar de Rojas
Pinilla, publicaba Álzate Avendaño el furioso editorial de su Diario de
Colombia contra el proyecto constitucional, en el cual clamaba:
«Se pretende con desparpajo convertir el cuerpo encargado de
ejercer el poder de reforma, por delegación del congreso, en una recua de
acémilas, que avanza bajo las interjecciones y la pértiga del caporal, por la
empedrada vía histórica. Es preciso abdicar de la autonomía de la voluntad, los
lujos dialécticos, las vanas cavilaciones y el hábito del raciocinio, porque el
proyecto asume un dogmático acento laico de verdad revelada... Esta tentativa
inverecunda de tocar a somatén y convocar al partido para que congregue en
torno al contrahecho proyecto, con olvido de sus principios y sus
responsabilidades, está destinada por fortuna a frustrarse. Los delegatarios no
han sido ’operados’ como los mayordomos de ciertas herméticas residencias
orientales o los cantores de coro en el renacimiento... Es menester evitar que
nos embarquemos en un azaroso viaje con rumbo desconocido. Ni la delirante
soberanía, ni el espíritu aventurero, deben prevalecer en esta emergencia. Si
el malhadado proyecto se adopta, los días del régimen conservador están
contados en el reloj de la historia. Tal vez se sostenga transitoriamente por
medios coercitivos, pero a la postre el país se encabrita y reacciona, porque
no aguanta esa jáquima» .
Gaitán, porque iba en pos de un gobierno popular contra las
oligarquías; Laureano, porque cabalgaba sobre la obsesión de establecer un
régimen hispánico, católico y corporativo; pero también las masas, porque no
perdonaban el asesinato de su héroe o seguían sectariamente la aspiración
eclesiástica de gobernar a Colombia como en la Edad Media -la unidad de las
«espadas»-; lo cierto es que el frentenacionalismo pregonado y defendido por
las jefaturas iluminadas de los dos partidos tradicionales no cuajó en esta
etapa. Lleras Camargo lo había vislumbrado al referirse a la contradicción
entre el pensamiento de los dirigentes y la tradición de las masas arraigadas
en la militancia partidista inflexible. Doce años de conflicto, violencia,
sangre y desolación fueron necesarios para madurar la conciencia popular y
lograr que aceptara la alianza de las dos colectividades.
Se han dado en América Latina golpes de Estado de todo tipo,
contra la izquierda y contra la derecha, contra el centro, contra la extrema
derecha y contra la extrema izquierda. El único golpe de Estado de este siglo
en Colombia no tuvo que ver nada con la izquierda. Fue un acto de desesperación
del Partido Conservador en el poder ante la perspectiva de un cataclismo sin precedentes
causado por la insania del gobierno laureanista. Pero la ratificación que le
dio a Rojas Pinilla la Asamblea Nacional Constituyente (ANAC) el 15 de junio,
recibió el apoyo de la Corte Suprema de Justicia, del Cardenal Crisanto Luque y
de los jefes liberales Eduardo Santos, Carlos Lleras Restrepo y Abelardo Forero
Benavides, entre otros. El liberalismo, disperso y descuadernado, vio en el
golpe de Estado una salida esperanzadora a su desorden y a su desconcierto. En
el gabinete del nuevo gobierno tomaron asiento antiguos ministros de Laureano,
conservadores de oposición, militares y liberales. No era un gobierno de Unión
Nacional, pero los dos partidos tradicionales habían aceptado colaborar.
LOS PARTIDOS A MEDIADOS DE SIGLO
Los pactos de Benidorm y Sitges, firmados por Laureano Gómez
y Alberto Lleras Camargo, y el plebiscito de 1957, inaugurarían el período del
FRENTE NACIONAL, de gobiernos compartidos institucionalmente, todavía vigente
en 1985. Aunque rubricada esa alianza solamente por dos representantes de los
partidos tradicionales, poco a poco todos los sectores en que estaban divididas
las colectividades acataron los pactos, se sometieron al plebiscito y
terminaron compartiendo el gobierno, la burocracia y los privilegios del
régimen bipartidista. La trayectoria seguida por el Partido Liberal y el
Partido Conservador hasta la consolidación de los acuerdos y el arraigo de las
nuevas instituciones, fue sumamente complejo. Echemos una ojeada a ese proceso.
Tan dura fue la prueba de la derrota en 1946 para el Partido
Liberal que sus jefes hicieron mutis por el foro y Gabriel Turbay, jefe único
destronado y candidato vencido, fue a morir de pena en París poco después de la
caída del Partido Liberal. Le quedó el camino expedito a Jorge Eliécer Gaitán,
bajo cuya dirección resurgió el liberalismo, recuperó el favor de las masas, se
fortaleció en el Congreso y estaba listo en 1948 para retomar el poder dos años
después. Gaitán tenía asegurada la Presidencia y el Partido Liberal su
resurrección. Posiblemente no lo pensaban así los jerarcas liberales
destronados que miraban despavoridos los toros desde la barrera. Lo cierto es
que el asesinato de Gaitán le devolvió a ellos la jefatura del partido, pero la
insurrección popular, la dinámica que adquirió la rebelión de las huestes
liberales en el campo, las contradicciones surgidas entre las bases del partido
y su dirección, el convulsionado ambiente político de «la violencia» y la
audacia hegemonista de Laureano Gómez, produjeron en el Partido Liberal una
crisis que no atravesaba desde la primera década del siglo.
Ya no era la separación de la Iglesia y el Estado, ni la
reforma agraria, ni la libertad de prensa, ni los principios económicos de
acumulación interna de capital, sino el intervencionismo de Estado, el
endeudamiento externo, la modernización administrativa y financiera y las
concesiones de los recursos naturales a los monopolios extranjeros, lo que
inspiraba al liberalismo del siglo XX, puntos todos consagrados en el programa de
la Convención de Ibagué, con el que llegaría Olaya Herrera desde la embajada en
Washington al solio de Bolívar, López Pumarejo desde la presidencia del Banco
Mercantil Americano al Palacio de Nariño y Santos del periodismo todopoderoso a
la Presidencia de la República.
Uribe Uribe había preconizado esta transformación que tuvo
como resultado el surgimiento de un partido ideológicamente socialdemócrata con
la misma vestidura tradicional del siglo pasado, mezcla extraña de magnate
cubierto con la casaca de los burgueses liberales. Había tenido que superar la
persecución implacable desatada en su contra por Núñez y Caro; lanzarse a la
Guerra de los Mil Días para sobrevivir; colaborar con Reyes, Carlos E.
Restrepo, Concha y Suárez bajo el presupuesto de que así no desaparecería; y
presentarse al país como un partido nuevo y renovado. A López y a Santos les
correspondió llevar a cabo la tarea de la modernización liberal del país,
abierto al capital norteamericano, ceñido a los intereses internacionales en
juego, alineado políticamente con Estados Unidos y con una economía de
capitalismo monopolista de Estado en moldes feudales. Así arriba el Partido
Liberal a las elecciones de 1945 y así afronta la transición hacia el FRENTE
NACIONAL que es lo que significa el «medio siglo».
PLANES DE DESARROLLO Y DESNACIONALIZACIÓN INDUSTRIAL
Cincuenta años de evolución económica, de modernización
administrativa y fiscal del Estado, de transformación en la estructura vial del
país, de industrialización acelerada, de crecimiento financiero, de desarrollo
capitalista en la agricultura, no habían sido suficientes para sacar a Colombia
del atraso. El Informe del Banco Internacional de Reconstrucción y Fomento
afirmaba en 1950: «el nivel de vida de la mayoría del pueblo colombiano es tan
bajo que hay poca controversia al tratar de determinar cuáles son las
necesidades más urgentes-..» . A su vez el Estudio de Economía y Humanismo de
1954, dirigido por el P. Lebrel conceptuaba en 1956 con un tono algo
apocalíptico:
«Colombia al entrar en el ciclo industrial, ha dado los
primeros pasos en su desarrollo. Mas las dificultades con que tropieza a causa
de su estructura física, del estado de subalimentación o nutrición deficiente
del conjunto de su población, de la débil capacidad de ahorro, del vicio de la
especulación que ha invadido a sus clases dirigentes y finalmente de la actitud
de esperar todo del poder público, son en su totalidad tan considerables que su
éxito es problemático si el desarrollo no se orienta correcta y científicamente»
.
Para 1950 se calculaba la población de Colombia en 11
millones de habitantes con un crecimiento anual de 2.1%, es decir, que casi se
había cuadruplicado desde el comienzo del siglo. El índice de mortalidad era
muy alto, casi el doble del de Estados Unidos, pero muy semejante al de los
países latinoamericanos. La duración probable de vida en el país era de 37 a 40
años, mientras en esa misma fecha, en los Estados Unidos era de 66 y en Suecia
de 70 años. La población activa del país llegaba a 4 millones, de la cual el
56.0% se ocupaba en la agricultura, mientras que el empleo en la industria
manufacturera apenas llegaba al 5.5%, inferior al de la industria artesanal que
representaba todavía en plena mitad del siglo XX casi el 8.0% de la población
activa.
Cuando en los países económicamente más avanzados del mundo
la gran industria representaba a mediados de siglo entre el 30 y el 40% del
Producto Interno Bruto, para la misma época lo que en las estadísticas
disponibles se denomina industria moderna -para distinguirla de la artesanal-
apenas llegaba en Colombia al 16% del total. La década del 45 al 55 sería una
de las etapas de mayor crecimiento de la industria dentro del PIB, comparable
solamente con la década anterior, porque después de 1955 se estancaría y en los
treinta años siguientes su crecimiento no alcanzaría el de ninguna de las dos
décadas mencionadas. El nivel más alto de participación en el PIB a que llegará
la industria en el treintenio siguiente será el 19.5% en 1975, pero rebajará al
18.7% para mediados de la década del 80.
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